A casi nadie se le escapa que estamos viviendo una degradación llamativa en el nivel intelectual de los humanos, un asunto espinoso con una deriva preocupante. Cada vez resulta más complicado encontrar destellos y brillos en el uso de nuestra maravillosa capacidad y el avance de la idiotez parece imparable.
Pienso en ello a menudo, desde hace años, de forma recurrente.
Me genera verdadera inquietud cada demostración de estupidez en lo que percibo a mí alrededor y la conclusión a ese pensamiento intrusivo siempre es la misma: vamos a desaparecer como especie y no parece que se atisbe ningún cambio ni mejora al respecto. Desazón.
Así ha sido siempre para mí, digamos que me rendí a un destino que percibía como cierto, implacable, hasta que el pasado mes de mayo tropecé con una entrevista al periodista y escritor italiano Pino Aprile, autor del libro “Elogio del imbécil” hace ya casi una treintena de años.
Inicialmente no estuve nada de acuerdo con aquello de “a nuestra manera todos somos imbéciles debido a que somos buenos aplicando nuestra inteligencia a un área de conocimiento concreta y, por tanto, somos imbéciles en el resto de asuntos”. No puedo estar más en desacuerdo, personalmente veo la inteligencia como una cualidad compleja sí, pero una supra cualidad del ser humano, algo más trascendente, más potente. Su visión vertical y simplista de la inteligencia me desconecta de su significado más amplio y me resulta más equiparable al concepto de conocimiento, algo más dirigido, más concreto.
Pero a renglón seguido planteó algo para lo que no estaba preparado: [..]Si la imbecilidad fuera perjudicial para la evolución de la especie, la propia evolución habría eliminado la estupidez. En caso contrario, la estupidez habría eliminado a la especie[..].
Debo reconocer que esta sentencia causó en mí una inusitada tranquilidad y avivó mi esperanza grisácea, casi desteñida ya. Es tan rotunda y atronadora la potencia de esa afirmación que no se visualizan grietas importantes a las que asirse para plantear un debate de tú a tú con Pino Aprile, al menos si obviamos la fragilidad de este pequeño mundo donde habitamos y cuyo equilibrio vital descansa sobre el magnífico ego de unos pocos imbéciles.
Ahora ya no temo a ese dispositivo parasitario que ha individualizado nuestro comportamiento en un lapso de tiempo sorprendentemente corto y que, en un giro inesperado del esperpento, se ha dado en llamar teléfono inteligente. He hecho acto de contrición y también he dejado de ser crítico con el uso masivo de las redes sociales asumiendo que puede ser uno de los valores más seguros para incrementar ostensiblemente el montante total de idiotas. Por supuesto no tendré ningún miedo al creciente avance de la inteligencia artificial y su adopción por parte de los imbéciles del futuro, confiaré en que cumplirá con creces la tarea encomendada para que los idiotas dejen de usar su cerebro y asuman que se trata de una actividad poco gratificante e innecesaria.
Pienso en ello a menudo, desde hace años, de forma recurrente.
Me genera verdadera inquietud cada demostración de estupidez en lo que percibo a mí alrededor y la conclusión a ese pensamiento intrusivo siempre es la misma: vamos a desaparecer como especie y no parece que se atisbe ningún cambio ni mejora al respecto. Desazón.
Así ha sido siempre para mí, digamos que me rendí a un destino que percibía como cierto, implacable, hasta que el pasado mes de mayo tropecé con una entrevista al periodista y escritor italiano Pino Aprile, autor del libro “Elogio del imbécil” hace ya casi una treintena de años.
Inicialmente no estuve nada de acuerdo con aquello de “a nuestra manera todos somos imbéciles debido a que somos buenos aplicando nuestra inteligencia a un área de conocimiento concreta y, por tanto, somos imbéciles en el resto de asuntos”. No puedo estar más en desacuerdo, personalmente veo la inteligencia como una cualidad compleja sí, pero una supra cualidad del ser humano, algo más trascendente, más potente. Su visión vertical y simplista de la inteligencia me desconecta de su significado más amplio y me resulta más equiparable al concepto de conocimiento, algo más dirigido, más concreto.
Pero a renglón seguido planteó algo para lo que no estaba preparado: [..]Si la imbecilidad fuera perjudicial para la evolución de la especie, la propia evolución habría eliminado la estupidez. En caso contrario, la estupidez habría eliminado a la especie[..].
Debo reconocer que esta sentencia causó en mí una inusitada tranquilidad y avivó mi esperanza grisácea, casi desteñida ya. Es tan rotunda y atronadora la potencia de esa afirmación que no se visualizan grietas importantes a las que asirse para plantear un debate de tú a tú con Pino Aprile, al menos si obviamos la fragilidad de este pequeño mundo donde habitamos y cuyo equilibrio vital descansa sobre el magnífico ego de unos pocos imbéciles.
Debemos seguir generando más imbéciles y así perpetuar la tan necesaria idiotez.Desde entonces, efectivamente, me gusta pensar que la evolución de la especie es responsabilidad de unas pocas personas inteligentes que habilitarán los medios necesarios para que la creciente masa de estúpidos pueda seguir generando más imbéciles y así perpetuar la tan necesaria idiotez.
Ahora ya no temo a ese dispositivo parasitario que ha individualizado nuestro comportamiento en un lapso de tiempo sorprendentemente corto y que, en un giro inesperado del esperpento, se ha dado en llamar teléfono inteligente. He hecho acto de contrición y también he dejado de ser crítico con el uso masivo de las redes sociales asumiendo que puede ser uno de los valores más seguros para incrementar ostensiblemente el montante total de idiotas. Por supuesto no tendré ningún miedo al creciente avance de la inteligencia artificial y su adopción por parte de los imbéciles del futuro, confiaré en que cumplirá con creces la tarea encomendada para que los idiotas dejen de usar su cerebro y asuman que se trata de una actividad poco gratificante e innecesaria.
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2025-06-05 09:36:26
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